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De líderes y caudillos: unidad y división

09/01/2018

Liderazgo por aquí, liderazgo por allá, liderazgo esto, liderazgo aquello, liderazgo, liderazgo…. Parece ser la única palabra que interesa a las organizaciones hoy día, y justo es que así sea, pues lentamente el ser humano cobra cada vez más valor como persona dentro del proceso de generación de valor, y cada vez se le ve menos como un recurso. Así pues, resulta natural el interés por formar personas capaces de llevar a las organizaciones hacia adelante en una evolución positiva (léase sostenibles y mejores resultados).

 

Hemos visto la evolución de la visión del ser humano dentro de las organizaciones a través de los años, particularmente evidente a partir de la década de los 80. Los departamentos encargados de esa gestión han pasado de llamarse “Personal” a “Relaciones Industriales”, luego a “Recursos Humanos” y de ahí a “Gestión Humana” y últimamente a “Gestión del Talento”. Esos cambios de nomenclatura no son gratuitos y corresponden a un cambio en visión del ser humano y de su vida dentro del entorno laboral. Vamos avanzando, las organizaciones se están humanizando, eso habla bien de nosotros como humanidad. Quizá lenta y dolorosamente en muchos casos, pero vamos avanzando.

 

Entonces, el siguiente paso es el liderazgo, trending topic sin duda entre los profesionales de gestión del talento.

 

Sin embargo, me parece que la gran mayoría de la gente tiene en la cabeza una idea de “líder” algo limitada, vendida durante años por los medios, en la que la función fundamental del líder es movilizar personas, juzgar y tener todas las respuestas. No voy a negar que movilizar personas sí es una función fundamental y que sí es una excelente manera de generar valor, pero, a mi modo de ver, el movilizar personas exclusivamente es más la definición de un caudillo que la de un líder. Ni qué decir de juzgar y tener todas las respuestas.

 

Caudillos hay muchos, de todas las tendencias, especialmente entre los políticos y “líderes” religiosos. El caudillismo es una forma de control de masas. Los políticos se encargan de controlar la vida externa de las personas, y los caudillos religiosos se encargan de controlar la vida interior. Una vez controlada la masa por ambos lados, se puede hacer con ella lo que se quiera. La masa seguirá al caudillo como oveja al matadero bajo la promesa de que lo que viene será mejor que lo que hay. Los caudillos no tienen seguidores, tienen “fans”, los siguen personas que darían sus vidas por ellos y lo que representan, admiran su carisma y se identifican con una imagen de alguien a quien ven superior a ellos mismos pero que comparte sus dolores y cotidianidades. El discurso del caudillo busca la identificación de este con la gente, le entrega una imagen falsa de “yo soy tú” a la vez que fomenta la división, la polarización y el ensalzamiento de su imagen personal. Todo caudillo necesita un “enemigo” que justifique su existencia. Estoy seguro de que quien lee esto ya tiene la imagen de alguno de estos personajes en su mente, así que doy mi punto por explicado.

 

Un líder, en cambio, sabe que su función está relacionada con una responsabilidad con el conjunto de la sociedad más que consigo mismo, pero al mismo tiempo es consciente que, como no se puede dar lo que no se tiene, primero tiene que trabajar en sí mismo para poder darle algo a la sociedad. Un líder tiene que hacerse merecedor de la dignidad de ser líder, un líder es, ante todo, ejemplo real y genuino de su propio discurso, y un generador de líderes.

 

Entonces, aprender a ser líder no resulta un proceso muy cómodo al principio… ni durante... ni al final. Ser líder es un aprendizaje constante, y lo que mejor lo caracteriza es una permanente revisión de su autoimagen y paradigmas. En principio, el trabajo de interiorizar no es un trabajo fácil y por lo general implica enfrentarse a los fantasmas propios, lo que no es una cosa agradable. Y da miedo. Pero el verdadero líder termina comprendiendo que los fantasmas son resultado de sus creencias, y que estas, por más limitantes que sean, pueden ser revaluadas y modificadas.

 

Un líder muestra coherencia entre su vida interior y su vida externa, un líder no deja una personalidad en la casa y lleva otra a la oficina, sino que se ve como un ser humano completo, reconoce su vulnerabilidad, reconoce que tiene emociones y sentimientos, reconoce que puede equivocarse y aprender de su error, y reconoce, muy especialmente, que está en este mundo para aprender de otros en la misma medida en que otros aprenden de él. Un líder que ha sido reconocido como tal por otras personas, es alguien que fomenta el liderazgo en quien lo observa. Un líder genera más líderes.

 

Ahora bien, estilos de liderazgo hay como hay seres humanos. Nadie en este mundo puede afirmar con la plena certeza de verdad absoluta que su visión del mundo es la única y la mejor. Toda visión, absolutamente todas, son al final creencias. Es todo un juego mental. En mi visión personal, un líder se hace consciente de esto, y es precisamente esa consciencia lo que le permite revisar y revaluar sus propias creencias y es lo que le facilita, al final, comunicarse con otros seres humanos en un nivel tal que hay una identificación mutua, generando un todo, la unidad. Esto es lo que define a la verdadera COMPASIÓN, que no hay que confundir con LÁSTIMA. La compasión es una identificación con el otro a partir de la comprensión de que él y yo somos lo mismo, mientras que la lástima es la identificación con la idea limitante de que el otro vale menos que yo en algo, y por lo tanto no somos lo mismo.

 

Hasta este punto, puedo resumir mi planteamiento así:

Caudillo = División (Polarización) = Lástima

Líder = Unidad = Compasión

 

En una organización la dinámica se supone que está guiada, al menos de forma tácita, por una idea de compasión, pues se contrata a alguien confiando en el valor que pueda aportar al negocio, es decir, creyendo en sus capacidades: “te vemos como nosotros”. La vida al interior de la organización, sin embargo, se ve marcada muy frecuentemente por prácticas anti-compasivas causadas generalmente por las propias “auto-lástimas” de cada persona. Es la auto-lástima la que me hace creer que si no compito me sacan, es la auto-lástima la que me hace creer que para mí no hay y que para los demás sí y que la vida es injusta, es la auto-lástima la que me hace creer que no puedo confiar en nadie, es la auto-lástima la que hace que me quede trabajando hasta que el jefe se vaya, incluso si me paso varias horas luego de mi hora oficial de descanso, etc. La auto-lástima es el resultado de verme a mí mismo como un ser limitado, separado del resto de la gente, y es lo que, en últimas, mina mi confianza en mis propias capacidades. Valga decir que es justamente mi auto-lástima la que causaría un mal desempeño y una eventual pérdida del cargo.

 

Un caudillo explota esta auto-lástima. Me promete que hará lo necesario para yo estar bien, me contendrá y será paternal. Y yo, le entregaré el poder sobre mí y sobre mi vida. Qué más quisiéramos nosotros que un jefe buena gente, que se encargue de luchar por mí y que me diga “tranquilo, yo me encargo” ante todo lo que para mí sea un reto. Además, se sentirá feliz de ser tan buena gente. Él obtiene su recompensa: mi amor y admiración, aunque a costa de desempoderarme. Es un caudillo, aunque él mismo no se dé cuenta.

 

Un líder me llamará al orden, me invitará a reflexionar, a auto-observarme y me ayudará a generar confianza en mí mismo, de forma tal que eventualmente no le necesite. No permitirá que yo me recargue en él más allá de lo necesario por el nivel decisorio propio de su cargo y el mío, no me hará el trabajo y me retará para que cada día me desarrolle más a mí mismo. Estará dispuesto a decir no y estará dispuesto a calarse mi mala cara y desaprobación de ser necesario, y sabrá que así debe ser por mi propio beneficio.

 

Resumo de nuevo mi planteamiento a la luz de lo último que expuse:

Caudillo = División (Polarización) = Lástima = Desempoderamiento y dependencia

Líder = Unidad = Compasión = Empoderamiento y autoafirmación

 

Finalmente, invito a todos aquellos que quieran llamarse líderes, a asumir la valentía necesaria para emprender un camino de auto-conocimiento, es decir, a salir de su zona de confort, aunque implique dar un paso algo a ciegas. Como diría Martin Luther King, “Da el pimer paso en la fé. No tienes que ver toda la escalera, solo da el primer paso.” Esta fé es, a mi modo de ver, fé en nosotros mismos.

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